Polémica han causado los acertados proyectos de ley radicados por Miguel Gómez, Alba Luz Pinilla y Guillermo Rivera, que buscan la creación de un pacto de unión civil entre parejas del mismo sexo y la modificación del concepto de matrimonio y familia. La comunidad LBGT se encuentra, una vez más, a la espera: esta vez de la elección de los nuevos magistrados, quienes estarán a cargo de debatir la propuesta. Por un lado, se encuentran los ponentes del proyecto y la comunidad LGBT, quienes esperan tener los mismo derechos que las parejas heterosexuales, y por el otro, quienes se oponen, encabezados por la viceprocuradora, Martha Isabel Castañeda quien se opone a la modificación del concepto de matrimonio y familia estipulando, apropiadamente, que la familia debe estar conformada únicamente por un hombre y una mujer. Dejando a un lado tales bandos, nosotros, los mismos colombianos no estamos preparados para un cambio tan arriesgado como el de la modificación del concepto de familia, y es por esta razón que sus mismos gobernantes van alargando la espera, quitándose responsabilidades y pasándosela entre ellos. Para esa tan anhelada y justa igualdad de la comunidad LGBT, no es únicamente necesario un proyecto de ley o una ley que los cobije, es necesario practicarlo en casa con quienes nos rodean, comprendiendo que todos nacimos en igualdad de condiciones.
Monseñor Juan Vicente Córdoba, Secretario de la Conferencia Episcopal, defiende la idea de rechazar el matrimonio considerándolo como una lesión al patrimonio cultural, sus valores y su idiosincrasia y adquiriendo una posición de defensa frente a la historia de nuestro país. Bastante acertada su frase: “El matrimonio homosexual hiere de muerte la institución familiar”; Su posición es consecuente a lo reglamentado en la Constitución Política de 1991: “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad. Se constituye por vínculos naturales o jurídicos, por la decisión libre de un hombre y una mujer de contraer matrimonio o por la voluntad responsable de conformarla”, instaurando esta posición desde la historia hasta nuestros tiempos; de igual manera el Código Civil colombiano define el matrimonio como “un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se unen con el fin de vivir juntos, de procrear y de auxiliarse mutuamente; el diccionario de la Real Academia Española lo define a su vez: “ unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales” y/o “ en el catolicismo, sacramento por el cual hombre y mujer se ligan perpetuamente con arreglo a las prescripciones de la iglesia”.
Por otra parte, Yolanda Puyana Villamizar, profesora especial de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional de Colombia e investigadora de Género y Familia afirma que en las ciudades las tazas de fecundidad cada vez son más bajas, los métodos anticonceptivos se han generalizado, y que van en aumento los hogares monoparentales, especialmente encabezados por mujeres argumentando que actualmente la situación de la niñez colombiana es tan complicada que su cuidado y apoyo debe darse a partir del deseo de ser padre sin importar el sexo; pero en Colombia somos una sociedad cerrada al concepto de familia como “unión entre hombre y mujer”, considerando esto, las familias conformadas por parejas del mismo sexo, serían parte de las llamadas disfuncionales, las cuales traen consecuencias para los niños y/o adolescentes que crecen en ellas, pues actúan de manera diferente quebrando la armonía de su entorno, se convierte en lo que se llama comúnmente “un niño problema” y crece con un gran sentimiento de frustración convirtiéndose en agresivos con los demás o hasta consigo mismo.
Han sido planteados varios proyectos de ley en el Congreso para la aprobación del matrimonio homosexual en Colombia y la modificación del concepto de familia pero nuestro país no se encuentra preparado para un cambio en este concepto, y el aplazamiento dado hasta la elección de los magistrados es prueba de ello. Monseñor Juan Vicente Córdoba confirma la falta de preparación de los colombianos, pues afirma que un 82 % se opone al matrimonio y un 87% se a la adopción de niños por parte de los homosexuales, considerando una lesión al patrimonio cultural y a sus valores. Homosexuales o no, todos hablamos de un cambio en la sociedad, pero todo empieza desde nosotros, de hacer sentir a los homosexuales parte de la sociedad, e igualitarios en derechos más allá de un matrimonio o una adopción.

